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Alimentos Combustible para el cuerpo


Varios proyectos de investigación en Japón han concluido que los sabores aprendidos en la infancia determinan casi la mitad de nuestras preferencias a lo largo de nuestra vida. De pequeños nuestro paladar va reconociendo sabores y texturas y, de algún modo, va clasificando las sensaciones que le producen a partir de procesos neuronales como los que hemos explicado. Incluso existen estudios que parten de la alimentación de las madre embarazada para establecer paralelismos con lo que le gustará al bebé y, después, a la persona adulta. Como ejemplo, la ciencia afirma que la necesidad de salado de un individuo puede deberse a que, como feto, no recibió ciertos minerales por que la alimentación materna carecía de ellos.

¿Hasta qué punto somos permeables y receptivos a nuevos gustos, formas y productos? ¿podemos educar nuestro paladar con constancia durante toda la vida?

La respuestas es si. Si consideramos que nuestro cerebro es una herramienta maleable y versátil, podemos hacerlo. Es más sería una pena que no nos empeñaremos en ello. La aversión se merece un mínimo intento para desbancarla. Podemos transformar la pasión enfermiza en premios dosificados que hagan surgir lo mejor de nosotros mismos. En cualquier caso, es fundamental descubrir qué se esconde tras el apego o el rechazo a ciertos alimentos.

A partir del momento en que un padre da a su hijo una galleta o un caramelo para consolarlo y que se tranquilice, la comida se transforma en algo emotivo y no sólo físico. Desde la más tierna infancia, la comida se utiliza para celebrar algo, calmarse, aliviar el aburrimiento o la depresión y consolarse en momentos de tristeza o angustia. Este tipo de comportamiento está muy difundido. Aceptar un trozo de tarta de cumpleaños por que rechazarlo seria antisocial, premiarse con un poco de chocolate o algunas galletas al concluir una ardua tarea, o ir a beber una cerveza o una copa de vino cuando hacemos vida social son prácticas de la vida cotidiana.

Estas nociones hacen que los psicólogos y otros especialistas de la nutrición crean que en algunos alimentos buscamos la tranquilidad, el control de nuestra vida, el cariño, el placer sexual, el reconocimiento, así como un remedio para la soledad y la inseguridad, refuerzos contra la frustración y la depresión o la esperanza. Aunque también el autocastigo y la rabia.

Si el alimento es  un consuelo o un refugio, probablemente nos induce a consumir más para mantener el bienestar. El laboratorio nacional de Brookhaven, Nueva York, ha demostrado que la adicción a la pizza con ingredientes procesados, el chocolate, las patatas fritas y el café es real, científicamente hablando.

En el caso del café hay que contar con dos factores que desencadena: sensación placentera, el café libera endorfinas y estímulo, aunque más que estimulo lo que genera es excitación nerviosa. Por ello es adictivo y quienes están enganchados al café, si lo evitan o no obtienen la dosis de cafeína diaria, comienzan a sentir el síndrome de abstinencia que se manifiesta con agotamiento, desgana y dolor de cabeza. Lo mismo se podría decir sobre los refrescos de cola o sobre la teobromina del cacao, la base del chocolate.

Así, por ejemplo,  si hay deseo de dulce, es que tenemos un bazo debilitado que se corresponde con estados de preocupación, ansiedad o depresión, y el consejo no es tomar azúcar, sino otro tipo de “dulces” como manzanas, arroz o legumbres.

El sabor salado se corresponde con el riñón y la vejiga y con los miedos a nivel emocional, de ahí que algunos miedos puedan ocultar problemas renales.

Lo ácido tiene que ver con la vesícula y le hígado y con el carácter irascible, en este caso, se dice que hay un exceso de calor en esos órganos y que se deberá con alimentos que tonifiquen la energía yin como los cítricos y las peras.

Lo amargo en su dietética es alimento para el hígado, pero a nivel energético es un sabor que estimula el corazón y el intestino delgado y se relaciona con la alegría y el amor.

Por último, lo picante se vincula con el pulmón y el intestino grueso, y con la tristeza en lo emocional. Ante un estado de melancolía, por ejemplo, se puede añadir a la comida un poco de guindilla, nuez moscada, mostaza, ajo o berros, pero sin pasarse por que lo importantes hallar el equilibrio.

Fuente: La Cocina de la Felicidad
Adriana Ortemberg

 

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  1. yorkis
    16 octubre, 2013 en 3:50 pm

    me interesa la alimentación para oxigenar el cerebro, la razón sufrí depresión por mucho tiempo, ataques de pánico y ansiedad, yo decidi renunciar a los medicamentos ya que son muy nocivos para el organismo, a veces tengo muchas tensiones y me duele la cabeza, el buen funcionamiento de mi cerebro es primordial y por eso quiero saber como mantenerlo activo, saludable y dormir bien sin necesidad de medicamento. Espero su respuesta gracias.

  2. jenny
    31 marzo, 2014 en 10:28 am

    excelente informacion en tus publicaciones, de verdad muy agradecida

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