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Lo que comemos afecta a nuestro estado anímico y energético


En la mesa se han decidió guerras y paces, matrimonios y divorcios, asuntos del espíritu y visiones artísticas. A través de la comida hablan los pueblos y muestran su cultura y su forma del ver el mundo.

Pero ¿Por qué comer es un bien cultural? Los más prácticos responderán que si comieran morirían. Una mera necesidad fisiológica. Cierto. Sin embargo, la comida define identidades porque, además de accionar nuestro cuerpo, es el combustible de nuestro estado de ánimo.

Como resume el refrán sudamericano, “el amor entra por la cocina”. Y también las ideas que nos conducen por la vida.

Cada alimento que ingerimos y cada bebida que tomamos actúan sobre nuestras facultades mentales. Somos lo que comemos y lo que bebemos, física y psíquicamente”.

 Al desconocer que una buena nutrición puede mantener a tono su cuerpo, mente y espíritu, muchas personas se privan del equilibrio y la armonía en la vida.

Una buena nutrición repercute en cómo nos sentimos de manera integral: el acto consciente de alimentarnos bien es un acto de amor hacia nosotros mismos que nos llena de placer a la vez que de salud. O, lo que es lo mismo: disfrutar de un cuerpo lleno de energía mantiene lúcido y predispuesto a la alegría de nuestro sistema neuroemocional.

Encontramos un ejemplo de esta interconexión en una de las numerosas pruebas que se han realizado en Texas (Estados Unidos) para demostrar que el fracaso escolar puede estar ligado a una mala alimentación de los estudiantes. Durante nueve semanas. Un grupo de ellos cambió los fritos, dulces y estimulantes por una dieta basada en la pirámide alimentaria. El resultado fue una mejora del 44% en su rendimiento académico. Y es que, como dice el refrán español, “a la cabeza, el comer endereza”.

El cuerpo edifica su salud con los nutrientes que le proveemos. Los carbohidratos son un gran grupo que incluye azúcares y dulces, cereales y derivados (harinas, pan, galletas, pasta), vegetales ricos en almidón (patatas, boniatos, castañas, plátanos), vegetales pobres en almidón, legumbres y fruta. Todos proveen básicamente de energía al cuerpo por que acaban convirtiéndose en glucosa, el principal combustible del organismo, pero algunos son más recomendables que otros porque no elevan el nivel de azúcar en la sangre.

Sigamos la dieta que sigamos, nuestro camino a la felicidad y la energía es aquel que prioriza recabar buenos niveles de todas las sustancias que el cuerpo requiere. En lo que si deberíamos emplearnos a fondo es en vigilar que, junto a los nutrientes, no nos estemos llevando a la boca otros aditivos perniciosos. Frente a los productos procesados, rompamos una lanza por lo ecológico.

Parece mentira que algo tan sencillo como consumir alimentos recién salidos de la naturaleza se haya convertido en un lujo. De hecho, todo lo natural se cobra a precio de manufactura elaboradísima.

Felipe Fernández Armesto,  catedrático de Historia de la Universidad de Oxford, cree que “La cocina realza el placer de los alimentos y forja la sociedad, especialmente cuando cocinar fortalece el tejido social y comunitario. Después de la invención de la cocina, la siguiente gran revolución consistió en descubrir que la comida posee efectos espirituales y metafísicos, morales y transmutativos.

Comer es muy importante porque te mantiene sano y además, te permite llenarte de placer para que recuerdes buenos momentos. Y cocinar es como abrazar a alguien, crea felicidad.

Cocinamos para seducir los sentidos de los demás, lo que se traduce en un estado emocional de curiosidad, diversión, ocio, bienestar y complicidad, porque la cocina es un vínculo de comunicación a nivel individual y colectivo. De hecho. No cocinar, como está sucediendo, es una gran pérdida patrimonial, por que cambia en comportamiento en casa. Y es una pérdida emocional, porque se deja de trasladar sentimientos.

La comida es nuestro vehículo al conocimiento y a la felicidad y saber cocinar es una cuestión de cuidarse y cuidar a los demás. Por eso, tenemos que proteger los alimentos como si protegiéramos nuestros ojos. Debemos atender al detalle y aceptar que podemos llevarnos algún fiasco. La cocina es como la vida, y hay que aprender a no quemar lo que hacemos ni a ponerle demasiada sal.”

Fuente : La Cocina de la Felicidad
Andriana Ortemberg

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