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La Bioquímica de la felicidad


Nuestro cuerpo es una fuente de felicidad si nos paramos a escucharlo y nos esmeramos en complacerlo. En palabras del psicólogo Pepe Landázuri, poseemos un “botiquín interno de la felicidad”.

Los descubrimientos en los campos de la genética y de la neurología han hecho que nos replanteemos los conceptos de placer, bienestar y felicidad, porque ahora sabemos que podemos desencadenar procesos fisiológicos positivos y, lo que suena increíble, ¡es gratis! Sólo necesitamos ciertos estímulos para que eso suceda.

Las endorfinas son sustancias que el propio cuerpo fabrica en ocasiones tan antagónicas como la relajación y el esfuerzo físico. Desencadenando sensaciones de placer, bienestar y hasta de euforia. La ciencia se ha interesado en esta sustancia por su acción inhibidora de la transmisión del dolor, ya que es como un analgésico natural del que disponemos. Pero que en el plano emocional es una llave que abre puertas maravillosas.

Para una buena dosis de felicidad hay que hacer alguna de estas dos cosas: ejercicio físico, practicar sexo con orgasmo, porque es durante el orgasmo que se liberan las endorfinas, reírse, practicar meditación, hacer algún tipo de visualización, evocar recuerdos agradables, recrearse en pequeños detalles que nos gustan mucho y nos hacen sentir bien. Como algún aroma, la lectura de un libro, una pieza musical, no en vano la sabiduría popular arroja que la felicidad esta en pequeñas cosas. Hay que pensar que también la leche materna contiene endorfinas, por lo que si vemos la cara de felicidad, del bebé después de mamar, no sólo es porque se ha llenado la barriga, sino porque la “sustancia feliz” le ha llevado al paraíso.

Las endorfinas funcionan como neurotransmisores, un grupo complejo del que cada vez se saca más partido. Son mensajeros químicos que hacen circular nuestras emociones y sensaciones del y hacia el cerebro con respecto a todo el organismo. Pero si las endorfinas se desencadenan naturalmente a partir de ciertas situaciones, hay otros que se pueden crear o sintetizar a partir de alimentos. Entre los neurotransmisores más famosos que iremos mencionando en el recetario, tenemos la dopamina, la acetilcolina,  la serotonina, la adrenalina, la noradrenalina y el ácido gamma amino butírico.

No solo los acontecimientos a nuestro alrededor pueden disparar flujos hormonales en nuestro cuerpo, sino que estos pueden circular con sólo imaginar situaciones desencadenantes. La imaginación nos da ese privilegio o, a veces, es inconveniente. Es el poder que nos proporciona el acceso a la “felicidad programada”, siguiendo a Punset: a actividades placenteras como el sexo, la comida, la música o el arte entre otras cosas.

Son actividades, connaturales o elegidas, guiadas por un sistema de recompensa y motivación, unos puntos del sistema nervioso central que responden a estímulos determinados que hemos aprendido porque, explicado llanamente, hemos probado y nos han gustado. “El sentimiento de placer es muy poderoso, si algo es placentero, queremos repetirlo. Actividades vitales como comer o copular, o las expresiones artísticas, activan un circuito especializado, de neuronas”.

Se trata de un proceso neurobiológico complejo, íntimamente relacionado con el mecanismo de recompensa del sistema límbico, basado en las señales de la dopamina, las endorfinas”.

Sobre la idea de que el organismo segrega sustancias para sentirse mejor como las mencionadas endorfinas, el médico Albert Figueras ha construido un manual “vida agradable” que destaca esas pequeñas cosas que podemos hacer cada día, porque están a nuestro alcance y dentro de nuestra cotidianidad para subir el ánimo.

En parte si somos dueños, entre comillas, de nuestros estados de ánimo y de la manera en la que respondemos. Y, consecuentemente, podemos modularnos. Pero también los que están alrededor tienen un papel importante. La oxitócina, por ejemplo, segrega cuando hacemos actividades individuales placenteras como escuchar música, pero se segrega sobre todo en relación con las otras personas. Uno de los papeles fundamentales de esta hormona es precisamente el facilitar el establecimiento de las relaciones. Entonces el juego está en intentar que las relaciones que tenemos sean de la mejor calidad posible, porque es cuando se consigue al máximo el efecto de la oxitócica.

Todos los alimentos que nos aportan hidratos de carbono activan la secreción de serotonina, de ahí que los cereales, tubérculos y azucares creen adicción en nuestra sociedad. Sin embargo, caer en esa red entraña el peligro de no saber cómo salir, puesto que el cuerpo cada vez querrá más y más “bienestar rápido” a costa de alimentos inadecuados.

Aceptada la premisa de que somos seres químicos y de que los alimentos son los compuestos que precisamos para nuestro funcionamiento físico, psíquico y espiritual, la elección de los mismos puede modificar nuestro comportamiento y sensaciones. Con todo, cabe incidir en que, como dice el profesor Jean Dausset, “Cada ser humano es único” y su metabolismo es el que dicta las pautas en función de lo que ingiera.

Fuente: La Cocina de la Felicidad
Adriana Ortemberg

Categorías:Buen despertar
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